Comienza la salida de la Divina Pastora desde su santuario en el pueblo de Santa Rosa, y su recorrido, no es simplemente el inicio de una procesión, sino el desborde contenido de un sentimiento que define la identidad de todo un pueblo.
Cuando la imagen cruza el umbral del templo, el aire se transforma, cargándose de una energía que mezcla el repique de las campanas con el murmullo de miles de oraciones que finalmente encuentran su voz.
Es un momento donde el tiempo parece detenerse bajo el sol de Barquisimeto, mientras la «Pastora de Almas» comienza su descenso desde la colina, dejando atrás su hogar habitual para adentrarse en un mar de gente que la espera con promesas cumplidas, flores en mano y lágrimas de gratitud.
El recorrido es un testimonio vivo de resistencia y esperanza, donde el cansancio físico de los kilómetros se disuelve ante la fuerza espiritual de caminar junto a ella.
La salida desde Santa Rosa marca el pulso de una fe que no conoce fronteras, recordándonos que, más allá del rito, se trata del reencuentro anual de una madre con sus hijos, un camino de luz que atraviesa la ciudad y se instala profundamente en el corazón de cada creyente que, con pies descalzos o mirada firme, decide seguir sus pasos un año más.
Luisangela Gutierrez / Notiprensa Digital
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