Vivimos inmersos en una paradoja digital sin precedentes. Por un lado, las redes sociales (RR. SS.) prometen conexión, comunidad y visibilidad; por el otro, se han convertido en el escenario perfecto para la difusión masiva de comportamientos de riesgo que amenazan directamente la salud física y psicológica de niños, niñas y jóvenes. Lo que antes era una moda local y pasajera, hoy es una tendencia global, instantánea y en muchos casos letal. El problema no reside únicamente en la existencia de estos contenidos, sino en la velocidad con la que se viralizan y en la ausencia casi total de filtros éticos o de acompañamiento adulto que ayuden a los menores a procesarlos. En este contexto, todo aquel que sostiene un dispositivo con acceso a Internet es un receptor pasivo de estímulos que pueden incitar al desafío físico, a la autolesión o a la búsqueda de validación externa a costa de su integridad. La pantalla se convierte así en un espejo deformante que refleja una realidad donde la sensatez y el amor propio han sido reemplazados por la métrica de los «me gusta» y la efímera gloria de la reproducción viral.
La raíz de este fenómeno es profunda y compleja. No se trata simplemente de «malas influencias», sino de la explotación sistemática de la vulnerabilidad inherente a la formación de la identidad durante la infancia y la adolescencia. Los algoritmos de las plataformas están diseñados para maximizar el tiempo de interacción, y el contenido más efectivo para lograrlo es aquel que apela a lo emocional, lo transgresor o lo peligroso. Un joven en pleno desarrollo psicofísico carece, por naturaleza, de la corteza prefrontal completamente desarrollada que permite la evaluación ponderada de riesgos y consecuencias a largo plazo. Por ello, cuando se enfrenta a un video de un compañero realizando un reto extremo o consumiendo una sustancia nociva, el impulso de imitación, sumado a la presión social del «grupo» virtual, puede más que cualquier instinto de conservación. Esta dinámica se ve agravada cuando no existe una figura orientadora que descentre la mirada del joven de la pantalla y la reubique en su propio valor intrínseco, más allá del reconocimiento digital.
Para entender cómo la tecnología está remodelando la subjetividad de nuestros jóvenes, es inevitable recurrir al pensamiento crítico latinoamericano. El investigador colombiano Jesús Martín-Barbero, en su obra cumbre «De los medios a las mediaciones» (1987), ya anticipaba que la verdadera revolución no estaba en los medios en sí, sino en las mediaciones, es decir, en los lugares donde la comunicación se vuelve significación y cultura. Hoy, esas mediaciones están secuestradas por los algoritmos. Martín-Barbero nos enseñó que los jóvenes no son receptores vacíos, sino que construyen sentido a partir de lo que consumen. Sin embargo, cuando el consumo se da en soledad y sin un diálogo intergeneracional que lo resignifique, el sentido que construyen puede estar directamente alineado con la lógica depredadora del mercado de la atención, donde su propia vida se convierte en un producto más para ser exhibido y consumido.
Desde una perspectiva sociológica y cultural, el argentino Néstor García Canclini profundiza en esta línea en su libro «Culturas híbridas: Estrategias para entrar y salir de la modernidad» (1989). Canclini argumenta que en las sociedades contemporáneas, la identidad se configura cada vez más en el terreno del consumo. Si aplicamos esta lupa al fenómeno de las tendencias virales, observamos que los jóvenes no solo consumen contenido, sino que se consumen a sí mismos en el intento de ser parte de una tendencia. Se convierten en mercancía al replicar un comportamiento prefabricado que promete inclusión. La tragedia ocurre cuando esa promesa de inclusión tiene un precio incalculable: la salud mental, la integridad física o, en los casos más extremos documentados en los últimos años, la muerte por asfixia, intoxicación o accidentes durante la grabación de un «challenge» (reto o desafío).
No podemos obviar el daño psicológico que subyace a esta necesidad de pertenencia. La psicoanalista argentina Silvia Bleichmar, en su obra «La construcción del sujeto ético» (2004) y «Violencia social – violencia escolar», dedicó gran parte de su carrera a estudiar la fragilidad del yo en las sociedades contemporáneas. Bleichmar sostenía que, para que un sujeto desarrolle un sentido ético y de autoconservación, necesita internalizar figuras protectoras que le transmitan que su vida es valiosa. En la era digital, estas figuras protectoras han sido, en gran medida, sustituidas por figuras virtuales que premian la transgresión sin rostro ni consecuencia. La falta de un «otro» significativo que ponga un límite, que diga «esto no se hace porque tu vida importa», deja al joven a la deriva, expuesto a las corrientes más peligrosas del océano digital. La tendencia se convierte así en una suerte de psicosis colectiva pasajera, donde el juicio crítico se suspende en favor de la aceptación masiva.
Frente a este panorama desolador, la propuesta no puede limitarse a una condena moral o a la simple exigencia de censura a las plataformas, que si bien es necesaria, resulta insuficiente. La acción debe centrarse en reconstruir el andamiaje humano que sostiene el desarrollo infantil y juvenil. Hablamos de recuperar el acompañamiento y la orientación como pilares fundamentales. Esto implica un retorno a la pedagogía de la presencia, donde padres, madres, docentes y tutores comprendan que su rol no es espiar el historial de navegación, sino establecer un diálogo horizontal que explore los motivos por los cuales un joven buscaría validación en un reto absurdo. Se trata de andragogía aplicada a la parentalidad, entendiendo que los adultos también deben formarse continuamente para comprender las lógicas del mundo digital que habitan sus hijos, sin caer en el pánico moral, pero sin renunciar a la responsabilidad de guiar.
Es imperativo, además, resignificar el concepto de «riesgo» en la educación. Durante décadas, la aproximación ha sido prohibicionista: «no hagas esto». La propuesta debe virar hacia una educación para la sensatez y el amor propio, que enseñe a los jóvenes a identificar la manipulación emocional detrás de una tendencia, a cuestionar la autoridad del algoritmo y a valorar su unicidad por encima de su capacidad de imitación. Si la izquierda latinoamericana ha luchado históricamente por la emancipación de los sujetos, hoy la emancipación digital es la nueva frontera. Liberar a las nuevas generaciones de la tiranía de la tendencia es un acto profundamente político y humano. No se trata de aislarlos de la tecnología, sino de dotarlos de las herramientas críticas para navegarla sin que el viaje les cueste la vida.
En definitiva, el riesgo de ser parte de una tendencia es el riesgo de diluirse en la masa, de perder la propia voz en el eco colectivo y de confundir la popularidad con el valor personal. No podemos permitir que una generación entera crezca creyendo que su reflejo más auténtico está en una pantalla, ni que su mayor logro es la validación anónima de una comunidad virtual efímera. La lucha por la salud y la vida de niños, niñas y jóvenes se libra hoy en el terreno de lo simbólico, en la capacidad de los adultos para volver a ser ese espejo confiable y amoroso que les devuelva una imagen de sí mismos que no dependa de un «like» para existir. El desafío está planteado, y la responsabilidad, aunque compartida con las grandes corporaciones tecnológicas, recae fundamentalmente en nuestra capacidad de volver a mirarnos a los ojos, más allá de las pantallas.
Por Edery Javier Rodriguez Alvarado
@ejavierds

